Para una pareja de Ourense, la idea de tener una familia numerosa no fue un plan preconcebido, sino una realidad que abrazaron con naturalidad. Durante tres décadas, se dedicaron a la crianza de cinco hijos, donde el equilibrio del hogar dependía en gran medida de la coordinación y el apoyo recíproco entre todos los miembros.
Según explican, la clave para afrontar el día a día fue la implicación de los hijos mayores, quienes asumieron un papel activo en la ayuda y el cuidado de los más pequeños. Esta dinámica fomentó un ambiente de responsabilidad compartida, que hoy se refleja en que los hijos ya son adultos y han formado sus propias familias.
“"La primera reacción que tiene la gente es de admiración. Es de admiración y de decir 'jolín, pues me hubiese gustado a mí también'."
La sociedad suele reaccionar con asombro y respeto ante este modelo familiar. Uno de los progenitores recuerda que la mayoría de los encuentros con otras personas se caracterizan por la sorpresa y la admiración, aunque reconoce que este sentimiento pocas veces se traduce en acción debido a las exigencias que implica.
“"A lo mejor te tienes que privar de salir, de salir o de vacaciones, y eso a la gente, pues claro, muchas veces antepone todas esas cosas a tener hijos."
La logística de un hogar con siete personas implica renuncias que, en la actualidad, no todos están dispuestos a asumir. La pareja reflexiona sobre el esfuerzo constante y la falta de ayudas institucionales efectivas, subrayando que las prioridades personales suelen llevar a anteponer otras cosas a la decisión de tener hijos.
A pesar de las dificultades económicas y del fenómeno del “nido vacío” que experimentan ahora, el balance general es muy positivo. La mayor satisfacción para esta pareja no reside en los bienes materiales, sino en la calidad humana de sus hijos, fruto de una crianza basada en la implicación y la responsabilidad.




