La investigación, que analizó datos de 1.381 pacientes, ha descubierto una variante del gen ACTR3, implicado en la organización del citoesqueleto, que se asocia con un riesgo casi triplicado de desarrollar fatiga persistente después del tratamiento, especialmente en aquellos que no presentaban este síntoma durante la radioterapia.
El primer coautor del estudio, Miguel Elías Aguado, destacó que la fatiga relacionada con el cáncer "no es una simple sensación de cansancio", sino "un agotamiento profundo, desproporcionado respecto a la actividad realizada, que puede durar años y limitar la vida cotidiana de los pacientes".
Además, la investigación halló una conexión entre la fatiga inducida por la radioterapia y la encefalomielitis miálgica o síndrome de fatiga crónica. La misma región genética asociada al cansancio en pacientes oncológicos muestra una correlación estadísticamente significativa con el síndrome de fatiga crónica, sugiriendo mecanismos biológicos compartidos aún por explorar.




