La utilización del fuego como herramienta de gestión del territorio no es una novedad, sino una práctica que se remonta a tiempos prehistóricos. Ya desde el Neolítico, los primeros agricultores de A Baixa Limia empleaban las quemas para transformar los densos bosques en tierras de cultivo, una necesidad imperante para su economía agropecuaria.
Investigaciones arqueológicas y estudios de polen, como los realizados por P. Ramil Rego, demuestran que estos procesos deforestadores y las quemas se intensificaron a finales del V milenio a.C., coincidiendo con la expansión del Megalitismo en la región. Incluso los últimos cazadores-recolectores postglaciares ya hacían uso del fuego, aunque a una escala menor, para influir en el paisaje.
Las quemas tradicionales tenían como fin eliminar la maleza de la sierra para facilitar el brote de los pastos para el ganado.
Estas quemas tradicionales, observadas hasta tiempos recientes en las planicies superiores de la serra de Leboreiro antes de su prohibición, tenían un objetivo claro: eliminar la maleza para favorecer el crecimiento de pastos frescos para el ganado. Esta práctica, también documentada en estudios etnoarqueológicos en otras partes del mundo, subraya su eficacia y antigüedad como método de gestión del ecosistema.
Aunque la legislación actual sobre las quemas controladas puede haber evolucionado, su origen y propósito fundamental permanecen ligados a una tradición milenaria de interacción humana con la naturaleza, adaptándose a las necesidades de cada época.




