Aquel 26 de abril de 1993, el barrio de Churruca en Vigo fue testigo de un evento que, con el paso del tiempo, adquirió la categoría de leyenda. Pasadas las once y media de la noche, un grupo de jóvenes de California, que se hacían llamar Green Day, subió al escenario de La Iguana Club. El aforo, de apenas doscientas cincuenta personas, no podía imaginar que estaba presenciando el inicio de una de las bandas más influyentes del rock alternativo.
En aquellos años, el grunge y el rock alternativo dominaban la escena musical, y salas pequeñas e íntimas como La Iguana eran la cuna de muchas bandas emergentes. Green Day realizó una gira por varias ciudades españolas, una peregrinación por bares que servían como escuela para grupos sin reconocimiento. Su único bagaje era la energía, el descaro y una fe inquebrantable en su proyecto.
El precio para verlos no era el de la inmortalidad, aunque a la postre lo fuera. Setecientas pesetas si se compraba con antelación, mil si se esperaba a la taquilla.
El coste de la entrada para ver a Green Day era de setecientas pesetas anticipada, o mil en taquilla, lo que equivalía a unos tres euros y medio. Dos años después, en 1995, su álbum Dookie los catapultaría a la fama mundial, ganando un Grammy al mejor disco alternativo. El cartel de aquella noche de 1993, enmarcado en una pared, sirve hoy como testimonio de que Vigo fue pionera en acoger a la banda.
Hubo un intento de reencuentro en 2001, cuando Green Day, ya consolidado, tenía previsto actuar en el recinto de Castrelos. Sin embargo, un accidente de uno de los miembros del grupo provocó la cancelación del concierto, dejando a la ciudad sin la oportunidad de revivir aquel momento histórico. Quienes asistieron a la actuación en La Iguana vieron a Green Day antes de que se convirtieran en el fenómeno global que son hoy.




