El voraz incendio que se inició el 13 de agosto de 2025 en Seadur (Larouco) y se extendió por gran parte de la comarca de Valdeorras, dejando casi 31.800 hectáreas calcinadas, marca el paisaje y el ánimo un año después. El fuego, que se dio por extinguido el 31 de agosto, afectó gravemente a municipios como A Rúa, con zonas industriales y el vertedero municipal arrasados, y la parroquia de San Vicente de Leira (Vilamartín), donde 120 de 150 construcciones quedaron destruidas.
La Xunta de Galicia articuló un paquete de ayudas de 21,5 millones de euros para los afectados en Ourense y Lugo. Estas subvenciones se destinaron a la reconstrucción de viviendas (cubriendo el 100% en primeras residencias), a la recuperación de 15 negocios y empresas (2,25 millones), y a la reparación de infraestructuras y vías públicas municipales (5 millones). Se espera completar antes de diciembre los pagos y justificaciones para el sector agroganadero y forestal.
A pesar del apoyo económico, la sensación predominante es de desolación. En San Vicente de Leira, una vecina relata que su padre perdió su casa y que el pueblo está "más desolado que el día después del incendio". Aunque la Consellería de Vivenda cumplió con la entrega de ayudas para reconstruir, muchas familias mantienen sus propiedades entre ruinas y escombros, sin poder rehabilitar o acceder a las ayudas. El Concello realizó trabajos de desescombro con los recursos disponibles.
El cansancio y la falta de avances pesan entre los vecinos, que expresan "ya no tenemos esperanzas de nada, la Administración no se implica". La preocupación también se traslada a la gestión ambiental. La alcaldesa de A Rúa, María González Albert, denuncia la paralización de los trabajos de reforestación por parte de la Xunta y la Confederación Hidrográfica, y critica una "tala descontrolada". El tránsito de camiones pesados y la falta de respuesta institucional ante zonas catalogadas aumentan el temor a que las lluvias torrenciales agraven los daños en captaciones de agua y arroyos este otoño.
La realidad a pie de calle sigue marcada por el pesimismo y la burocracia. Las cicatrices del fuego persisten no solo en los restos de las viviendas, sino también en el ánimo de los vecinos y concellos que afrontan el inminente otoño con más incertidumbres que certezas.




