La antigua carretera de Celanova, que unía Ourense con el cruce de Piñor, era un túnel de árboles que ofrecía sombra y un espacio de esparcimiento. Vecinos y visitantes disfrutaban de este paseo de un kilómetro, que se fue mermando con la tala continuada de ejemplares para mejorar las vistas, dejando atrás testigos dispersos de un paisaje que pronto cambiaría.
La transformación del barrio fue palpable con la llegada de la urbanización. Las máquinas asfáltadoras y los sistemas de traída y desagües sustituyeron las antiguas cunetas. Oficios como los de carpinteros, zapateros o herreros fueron desapareciendo, dando paso a tiendas de ultramarinos como las pocas resistentes de una época pasada. La identidad del lugar se fue perdiendo, y hasta desapareció el Casablanca F.C.
La crónica también evoca la memoria de personajes singulares que formaban parte de la vida del barrio, como Pedriño das Lamas, Luis de Barbadás, Emilio, el capitán bombilla, o Valerio, cuyo legado perdura en el nombre de un camino hoy alterado.
El autor recuerda con detalle los servicios y personalidades que dieron carácter a la zona: el carpintero Pedro Dorrego, Victorino Borrajo, el electricista Emilio Lemos, José Turzós de la tienda homónima, Luis Rodríguez, "Cazón", Manuel Silva, el Pescantín, José Pedrouzo, empresario del sector de la madera, y Floreano Velo, dueño del Casablanca, entre muchos otros que ya no están.




