En el "monte mágico de Lusquiños", la frontera entre la religión y las creencias populares gallegas se desdibuja. La ermita de San Cibrán acoge una romería que atrae a multitud de fieles y curiosos, no solo para asistir a la misa, sino para participar en un rito específico que busca limpiar los malos espíritus y proteger de los malos augurios.
El origen de esta particular devoción reside en la leyenda de San Cibrán, un poderoso brujo pagano que se convirtió al cristianismo en el siglo V. Su experiencia con las artes ocultas lo convierte, según la tradición, en el santo más indicado para neutralizar maldiciones y envidias.
El ritual central de la romería implica dar nueve vueltas a la pequeña capilla en sentido contrario a las agujas del reloj. Al finalizar cada vuelta, el romero debe lanzar una pequeña piedra al tejado de la ermita, haciéndolo de espaldas. La prueba de puntería culmina con el paso por debajo de la imagen del santo, arrastrándose o agachándose, y en algunos casos, tocando la talla con un pañuelo.
La tradición ha evolucionado con el tiempo. Antiguamente, se lanzaban cabezas de ajo o monedas. Con la llegada de daños en el tejado de la capilla por pedradas incontroladas, la comisión de fiestas decidió disponer cubos de gravilla fina. Así, los fieles pueden seguir con la tradición sin dañar la estructura ni poner en riesgo a los asistentes.
Además del rito en la ermita, los romeros adquieren "hierbas mágicas" en los puestos cercanos. Estos ramos, compuestos por laurel, olivo, hierba luisa, romero, ruda y mirto (o malvarrosa), son bendecidos y se colocan en las puertas o ventanas de los hogares para mantener la protección contra las malas vibraciones. Gracias al esfuerzo de la comisión de fiestas y de agrupaciones culturales, la romería de San Cibrán sigue viva, mezclando fe, música de gaita y el sonido característico de la gravilla cayendo sobre el tejado de la ermita.




