La infancia de Santamarina, marcada por la muerte de sus padres, el capitán José García Santamarina y Manuela Valcárcel, tuvo un punto de inflexión en A Coruña. Allí, su padre le hizo jurar que restauraría la fortuna familiar antes de quitarse la vida. Tras un breve paso por un hospicio en Santiago de Compostela, Ramón huyó y embarcó en Vigo con destino a Buenos Aires en 1844.
Sus inicios en Argentina fueron humildes, pero pronto se sintió atraído por la inmensidad de la llanura y se trasladó a la región de Tandil. Comenzó como ayudante de boyero, pero con su visión y ahorros, adquirió una carreta y bueyes, iniciando una carrera meteórica como financiero y colonizador que transformaría la geografía bonaerense.
Su flota de carretas se convirtió en la arteria vital entre la capital y el interior, transportando desde materiales de construcción hasta los ladrillos necesarios para levantar la iglesia de Tandil. Aprovechando la demanda de cueros durante la Guerra de Crimea, se capitalizó y adquirió sus primeras estancias, a las que seguirían otras 25 propiedades que sumaban cien leguas de tierra y cientos de miles de cabezas de ganado.
Su labor como fundador y civilizador fue inmensa. En el partido de Tres Arroyos, su legado se materializó en la fundación de la localidad de Orense, nombrada así por su hija en homenaje a su villa natal. Además, impulsó el crecimiento de Tandil, financiando la construcción de escuelas y hospitales que hoy son monumentos históricos. Su influencia se extendió también a Santa Fe y Santiago del Estero, donde estableció centros de negocio que funcionaban como bancos y fomentaban el asentamiento de nuevos pobladores. A pesar de su riqueza, mantuvo una filosofía de trabajo austera, prefiriendo formar hombres a través del empleo y protegiendo a los colonos de amenazas como la banda xenófoba de Tata-Dios en 1872.
Al contraer segundas nupcias, integró a todos sus hijos en sus negocios y les impuso por contrato la obligación de forestar la llanura, logrando la plantación de más de un millón de árboles que cambiaron definitivamente el paisaje de la provincia. Aunque su vida parecía alcanzar la plenitud, el 23 de agosto de 1904 decidió poner fin a sus días, emulando el trágico final de su progenitor. Su herencia perduró a través de la firma Santamarina e Hijos y de una descendencia que ocupó los más altos cargos en la vida política y económica de Argentina, consolidando un imperio que nació de la promesa de un niño ante el mar gallego y se materializó en ciudades y estancias en el corazón de la Pampa.




