El corte de suministro transformó la vida cotidiana en la ciudad, afectando semáforos, comunicaciones telefónicas y persianas eléctricas. A pesar de los desafíos, la comunidad demostró una gran capacidad de adaptación y ayuda mutua.
En la zona de Cuatro Caminos, la responsable de una tienda de comida casera recuerda una avalancha de clientes. Sin electricidad, la prioridad fue atender a las personas, sin importar si podían pagar de inmediato. El equipo cocinó todo lo disponible para evitar pérdidas y asegurar que nadie se quedara sin alimento, especialmente personas mayores o con movilidad reducida.
“"Lo de cobrar o no cobrar me daba igual. No quería dejar a nadie sin comer."
Una situación similar se vivió en las tiendas de electrónica. En un establecimiento, su responsable describió la jornada como un «Black Friday» improvisado, con largas colas de gente buscando pilas, linternas y radios. El stock se agotó rápidamente, pero la demanda fue atendida con respeto y paciencia por parte de los clientes.
Muchos jóvenes descubrieron por primera vez el funcionamiento de una radio, ya que estaban acostumbrados a dispositivos táctiles. Las ventas se realizaron «a la vieja usanza», con pagos en efectivo, y muchos clientes regresaron después para saldar sus deudas o agradecer la ayuda recibida.
“"Tuve que enseñarles a sintonizar la radio. Me decían: '¿Pero cómo qué con botones? Que chulada'."
En otros comercios, como un establecimiento de suministros, la actividad también se disparó. La demanda se centró en artículos esenciales como radios, linternas y pilas. La tienda permaneció abierta hasta tarde, operando únicamente con efectivo, y los clientes se ayudaban mutuamente si alguien no tenía dinero. Las colas alcanzaron casi cien metros, y las ventas superaron las de un día de Reyes.
Un año después, el apagón sigue siendo un recordatorio de la capacidad de la ciudad para adaptarse y funcionar sin tecnología, apoyándose en la coordinación, el esfuerzo y una sólida red de ayuda comunitaria.




