La urbe compostelana, antaño una "pequeña Compostela" conservada en piedra, ha perdido su identidad y su pintoresco atraso. Ahora, inmersa en un cataclismo por desidia y influenciada por "cualquier golosina de fuera", la ciudad se encuentra "moralmente perdida".
El artículo señala que no estamos ante "eventos climáticos traviesos", sino ante un colapso climático. Las olas de calor y riadas no son excepciones, sino el inicio de lo "abominable". En una ciudad donde "el árbol es el enemigo y el coche el ciudadano de primer orden", estos veranos apocalípticos se sienten "como un castigo doble".
Mientras la ciudad se convierte en una "isla de hormigón incandescente", las pocas sombras naturales escasean. La pérdida del jardín del Posío, sustituido por "una paletada insulsa y sin árboles viejos", agrava la situación. Se estima que en Auria hay "apenas un árbol para cada 25 personas", muchos de ellos "alevinos raquíticos en macetas", lejos de la ratio de ciudades como Oslo o Estocolmo.
No obstante, en las orillas del cementerio, en lo que resta del claustro de San Francisco, sobreviven unos pequeños tilos. Estos árboles, apreciados por gente mayor, ofrecen un "rinconcito de tranquilidad" lejos del "ruido y violencia" de la calle Emilia Pardo Bazán. Su presencia, con un "aroma maravilloso", se convierte en un "milagro" en esta "Auria del fin del mundo", un "desierto de hormigón" que hay que celebrar y proteger.




